La Iglesia celebra con gozo la solemnidad de la Epifanía del Señor, misterio en el que Jesucristo se manifiesta como luz para todos los pueblos. El Evangelio según san Mateo (2,1-12) nos presenta a los Magos de Oriente, hombres buscadores de la verdad, que guiados por una estrella emprendieron el camino hasta encontrar al Niño Dios y postrarse ante Él en adoración.
La Epifanía nos recuerda que Dios no se encierra, no se reserva para unos pocos, sino que se revela a todos. La estrella que brilló en el cielo sigue iluminando hoy el camino de quienes buscan con un corazón sincero, de quienes no se conforman con la oscuridad ni con respuestas superficiales, sino que desean encontrarse verdaderamente con el Señor.
Los Magos no solo encontraron al Niño, sino que lo reconocieron y lo adoraron, le ofrecieron oro, incienso y mirra, signos de una fe que se traduce en entrega. También nosotros estamos llamados a ofrecer nuestros dones, nuestra fe, nuestro servicio, nuestra fidelidad y nuestro compromiso con la Iglesia y con los hermanos.
Pero la Epifanía también nos invita a preguntarnos: ¿sabemos reconocer hoy a Cristo cuando se manifiesta? Él se hace presente en el rostro del hermano, especialmente del pobre, del enfermo, del que sufre y del que se siente olvidado. Allí, en lo sencillo y muchas veces oculto, el Señor vuelve a manifestarse.
Finalmente, el Evangelio nos dice que los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra con Cristo no vuelve a ser el mismo. La verdadera Epifanía transforma la vida, cambia el rumbo cotidiano y nos envía a ser testigos de la luz en medio del mundo, anunciando con obras y palabras que el Señor ha venido para salvarnos.
Pidamos al Señor que nunca dejemos de buscarlo, que sepamos reconocer su presencia y que, como los Magos, sepamos adorarlo con un corazón humilde y disponible a su voluntad.
Dado en Guadalupe, a los seis (6) días del mes de enero del año dos mil veintiséis (2026).

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